Daba igual la chaqueta que utilizara, siempre se encontraba un par de tapones de cerveza y algún que otro mechero.
Yo siempre he pensado que era alguien especial.
Pero envejecía.
Su piel aún se mostraba tensa, tan blanquecina como siempre. Pero su mirada emanaba amargor. Un amargor tan denso que casi nunca podías creer su sonrisa.
Se hacía viejo y yo lo sabía.
No podía evitarlo, pero me daba rabia. Estallaba en coraje cada vez que traía de nuevo una actitud pasiva.
¿Dónde quedó la explosión de emociones que era antaño?
No podía, no sabía recuperarlo.
Y me dolía, me dolía profundamente. Pero no podía hacer más que aguardar a verlo llegar de nuevo con su chaqueta negra llena manchas y olor a tabaco. Hay cosas que nunca cambian.
Realmente, no sé que le hizo envejecer. La gente dice que fue el tiempo. Yo, sinceramente, creo que fue rodearse de cuerdos día tras otro. Asfixiando, retorciendo las ganas, haciendo de todo tan poquita cosa...
Donde él veía un logro, los demás apremiaban con desprecio.
Si encontraba una nueva salida, le empujaban a la misma entrada de siempre.
No me gustaría que se malinterpretaran mis palabras, no fué culpa de nadie que terminara desvaneciéndose.
Pero todo esto le mató. En conjunto. La normalidad hizo que terminara volviéndose lo que siempre odió. En todos aquellos que el llamaba "locos".
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