martes, 9 de noviembre de 2021

Apoya el cigarro en la encimera y mira con ternura a su derecha. Allí estaba, tan sumido en sus pesamientos, abstraido e indiferente... Mientras, ella, absorta por la opacidad de aquel hombre, comienza a delirar...
"Recuerdo que cuando era niña estaba segura de que, en algún momento de la noche, no habría nada ni nadie. Que todo sería desértico y oscuro. Las calles zozobrando soledad, y el viento viajando libre por las farolas solitarias.
Pensaba, que si encontraba ese justo momento donde el silencio carcome hasta el mas pequeño rincón, podría sentirme libre. Aislada de ojos ajenos. Paseando plácidamente por las pacificas travesias. Cruzando las calles sin temor a los coches.
O quizás, quedar con aquel extraño muchacho que tanto me gustaba en algún portal.
Ahora todo eso importa poco... Y todas aquellas fantasías se ven manchadas por borrachos, como yo, que a estas horas de la noche deambulamos en busca del alcohol, de pelea o quizás de algo que, simplemente, llene el vacío..."
Y allí estaban ambos, sin nada que decir, después de tanto tiempo... ¿Que les había pasado? ¿Cuántos años hacen falta para convertir a dos personas que, en algún momento quizás se quiseron, en dos completos desconocidos?
Él dá otra calada al cigarro y la mira. Joder, seguía igual de guapa. Pero, entonces, todo era distinto. Podía besarla, aunque no lo hacia. Podía llevarla a cualquier parte, aunque tampoco nunca lo hizo. O quizás sólo sostener su mano mientras bebían juntos, aunque siempre prefirió tener las manos ocupadas en otra cosa. Supongo, que lo importante era que podía hacerlo.
No diré que ahora es tarde. Sólo que ahora es distinto. Ambos cabalgan por extraños y dispares senderos, sin intención de caminar juntos de nuevo. Sólo que esta vez se habían cruzado, y ninguno de los dos tenía claro como podrían retomar aquello. Buscaban la forma mientras les invadía el silencio. La estupidez del momento cada vez ensordecia más, el maldito silencio pitaba en las entrañas de ambos.
Hasta que él, por fin, harto de no ser nada, de perderse en su vacío sin fondo de siempre, se giró y tendió su mano.
Pero para entonces, ella ya se había ido.

Rutina

Me hacía gracia, no puedo negarlo.
Daba igual la chaqueta que utilizara, siempre se encontraba un par de tapones de cerveza y algún que otro mechero.
Yo siempre he pensado que era alguien especial.
Pero envejecía.
Su piel aún se mostraba tensa, tan blanquecina como siempre. Pero su mirada emanaba amargor. Un amargor tan denso que casi nunca podías creer su sonrisa.
Se hacía viejo y yo lo sabía.
No podía evitarlo, pero me daba rabia. Estallaba en coraje cada vez que traía de nuevo una actitud pasiva.
¿Dónde quedó la explosión de emociones que era antaño? 
No podía, no sabía recuperarlo.
Y me dolía, me dolía profundamente. Pero no podía hacer más que aguardar a verlo llegar de nuevo con su chaqueta negra llena manchas y olor a tabaco. Hay cosas que nunca cambian.
Realmente, no sé que le hizo envejecer. La gente dice que fue el tiempo. Yo, sinceramente, creo que fue rodearse de cuerdos día tras otro. Asfixiando, retorciendo las ganas, haciendo de todo tan poquita cosa...
Donde él veía un logro, los demás apremiaban con desprecio.
Si encontraba una nueva salida, le empujaban a la misma entrada de siempre.
No me gustaría que se malinterpretaran mis palabras, no fué culpa de nadie que terminara desvaneciéndose.
Pero todo esto le mató. En conjunto. La normalidad hizo que terminara volviéndose lo que siempre odió. En todos aquellos que el llamaba "locos".